Exposición Jacobo Borges 2008

Bulbos como astros, hojas que son vitrales

Milagros Socorro

Pasa tiempo sin que veamos una obra hermosa. No me refiero a la eficiencia de la ejecución, la habilidad en el uso de los materiales, la originalidad del planteamiento o la astucia para resolver problemas en el ámbito plástico. Con frecuencia aparecen propuestas que destacan por alguna de estas virtudes o, incluso, por todas a la vez. Hablo de una obra tan bella que nos sentimos amarrados a su contemplación. No queremos apartarnos de su destello, quizá porque experimentamos la secreta certeza de que, aún en su sorprendente novedad, estas piezas tienen algo que hemos visto antes, no se sabe dónde, pero hay allí fuerte reminiscencia de visiones que nos han acompañado toda la vida…

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Esto es lo que nos ocurre con el espléndido conjunto de “EL COLOR EN UN OBSERVADOR DE HOJAS ASERRADAS Y BULBOS”, compuesto por 40 piezas únicas. Su extraordinaria belleza se conecta en nuestro interior con evocaciones de origen incierto pero hondamente arraigados en nuestra memoria. ¿Será que la trama de esa hoja reproduce el estampado de cierta blusa que llevaba mi madre el día que terminé acostado en un lugar extraño, sangrando a chorros por la nariz?, ¿es, acaso, que el plasma lumínico donde sobrenada esa cebolla reverberante tiene los mismos brillos de un corazón de Jesús que mi abuela tenía en una pared de su cuarto y que estaba conectado a una fuente eléctrica, por lo que deslumbraba por las noches con ardor de bombillo? Esas hojas, esas hojas… ¿no se parecen a los dibujos de aquel cuento de hadas que narraba la peripecia de unas princesas que todas las noches escapaban de su castillo y cruzaban un bosque encantado (la hojarasca era de bronce, plata y oro) para llegar a un palacio donde bailaban hasta el amanecer? ¿O es que los trazos dorados son idénticos a los de aquellas tarjetas de recuerdo de Primera Comunión, echas a mano con maneras de joyel? ¿No tendrán algo de aquel caramelo, llegado a nuestras manos por tránsito prodigioso, tan especial que se derritió sin que llegáramos a probarlo?

II

Es posible que la fascinación de estas obras se debe a que concentran la traslúcida refulgencia del vitral (con su sobrecogedora evidencia de que por el mundo merodean criaturas del más allá) con la vitalidad de la pintura. Todo barnizado por la tonalidad metálica que tiene la sangre (y que persiguen los detectives en la oscuridad).

Las obras tienen en común el hecho de que la sustancia que integra las formas no es compacta; es el amontonamiento de líneas que han sido trazadas para luego ser “destruidas” por un tropel de otras líneas conjuradas para instaurar una maraña. Lo deslumbrante es que del centro de ese matorral proviene un fulgor incontenible; una dulce irradiación que permanece en el interior del bulbo, el repollo, la hoja, la flor, pero aún alcanza a calentar suavemente el exterior de esas vegetaciones-planetas.

III

En realidad, estas obras no están pintadas, están realizadas en computadora. La técnica es distinta. En cualquier caso, el procedimiento es otro, básicamente porque el artista no se pringa de pintura y porque no tiene que esperar a que seque el óleo de una capa para aplicar la siguiente. El lápiz, el pincel, el creyón, la brocha, así como todos los tintes y pigmentos, son provistos por una computadora. El artista trabaja sentado. No de pie. El estudio no huele a trementina. El piso está pulido. La camisa y las manos del artista están pulcras… pero su presencia en el lienzo es exactamente la misma de siempre. Su manera de habitar el cuadro es exactamente la misma de siempre. ¿Cómo puede ser eso? El caso es que en esta serie vemos el mismo Jacobo Borges: obsesivo, milimétrico, impetuoso y tierno, pintando varios cuadros dentro del mismo marco, uno sobre otro. Si se mira con atención (si el espectador se comporta como quien ausculta un grabado) podrá percibirse una arqueología de rasgos en cada cuadro. Es la prueba del deleite, la terquedad, la atención amorosa y la furia sádica con que cada línea ha sido tendida como una novia desmadeja, sobada como un brazo maltrecho, cortejada como una clienta de joyería y torturada como una hereje. A veces, hasta asfixiarla bajo un montón de otras líneas que han de sufrir igual suerte. Es el resultado de un trabajo de miniaturista: Borges amplía cada detalle y en él se afana como si cada gesto fuera la prueba de su arrepentimiento del anterior. Te aseguro que verlo en eso puede ser desesperante. Va a destrozar el cuadro, piensa uno que juraba que ya la pieza estaba requetelista. Pero él sigue, embadurnando de verde lo que era ocre, empatucando de fucsia lo que era bronce… molestando la línea, creándole expectativas para luego defraudarla. Enloqueciéndola. ¿Para qué traza una raya con tanta concentración si inmediatamente va a taparla casi completamente con otro surco, de otro color?

Pero si te separas del cuadro y lo percibes en su totalidad, esa cadena de agresiones, esa superposición de transparencias donde se retuercen las líneas mortificadas, se convierte mágicamente en un fruto perfecto, un personaje sólido de un clásico. Todo en su lugar. La inminencia del caos se ha resuelto en el último instante en una apoteosis campestre. Todo es terso y lo que parecían cables crispados son huellas dulces de una tersura encantadora. Es el mismo Jacobo en cuanto a su costumbre de mudarse al cuadro, de instalarse en él, (en vez de limitarse a pintarlo) pero es otro Jacobo en el sentido de que no se nota ninguna añoranza de su pintura (al óleo), de sus escenografías o de sus performances audiovisuales. Es el Jacobo que impregna el cuadro de sus interminables disquisiciones acerca del arte y de la vida; y un nuevo Jacobo, que maneja las tecnologías y se mueve en ellas como si nunca hubiera creado con otros materiales. Prueba de esa continuidad y esa interrupción es que estas obras conservan la atmósfera trascendental que es el sello de la trayectoria borgesiana, al tiempo que descubre una posibilidad inédita en el uso plástico de negativos analógicos. A estas alturas, desde luego, por novedosa que sean la técnica y el soporte, un cuadro de Jacobo Borges es, y no puede ser de otra manera, el resultado de su experiencia, una artesanía de su memoria, un vaciado de su portentoso virtuosismo.

IV

Al reducir la imagen, al ir del detalle al conjunto, hemos visto que en vez de un cañamazo caótico lo que se ha desplegado en el lienzo son esas presencias botánicas de minuciosa sensualidad, una cartografía de ríos como vasos capilares. Y entonces aflora un retablo, un ícono religioso acabado con pan de oro, que representa no a un santo o un mártir sino un bulbo vuelto planeta, un astro vegetal en cuyo interior remolonean gases en ebullición mientras flota en un firmamento fluorescente. Son reliquias de redención.

Ese repollo celeste (celestial, interplanetario), que flota en el espacio como un moisés mullido en el que nos gustaría recostarnos para andar por ahí, rebotando suavemente entre los asteroides. Aquel hinojo amanecido en una alborada de lavanda. Esa remolacha tejida con lanas incandescentes, que ha recalado en un campo eléctrico. Bien miradas, esas hojas esconden ciudades (justas, limpias y prósperas), galerías llenas de savia luminiscente, rosas muy húmedas. Cada hoja contiene al bosque como la gota salada albergaría al mar.

Cada pieza es una fiesta de neón.

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