Francisco Narváez

Desnudo, 1943-2005
Bronce, pátina marrón y negra
78,3 x 34 x 26 cm
Edición de 8

Maternidad, 1939-2005
Bronce, pátina marrón
Edición de 4 P.A.
50 x 62 x 26 cm

Torso, 1962
Madera
55 x 34 x 28 cm

Cabeza, 1940-2002
Bronce, pátina negra
Edición de 8
48 x 37,5 x 34 cm

Torso, 1966
Bronce, pátina negra
Edición de 6
74 x 34 x 32 cm

Nació en Porlamar el 4 de octubre de 1905. Hijo de un reconocido ebanista y maestro de obra, aprendió a tallar en madera a temprana edad con su padre.

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Durante años vivió con su familia en Carúpano. Fue en 1916 que presentó una serie de muebles en miniatura para una exposición de artesanía en Cumaná y se ganó el primer premio. En esa época, le piden una talla de San Rafael en madera para la iglesia de Carúpano. Luego, le da forma a un Niño Jesús como encargo para el hospital de las Hermanas Carmelitas, que llama la atención de Monseñor Sixto Sosa, que lo recomienda para que siga sus estudios en Caracas.

En la Academia de Bellas Artes de la capital obtiene las máximas clasificaciones. En 1928 realiza su primera exposición individual, con pinturas y esculturas, en el Club Venezuela. Como todos los artistas de ese momento, viaja a París en búsqueda de ese lenguaje propio. Se inscribe en la Academia Julian, bajo la tutela de Paul Landowski y François Pompon.

Narváez, sin embargo, amó sin remedio todo lo que identificaba al venezolano. Sus formas, rasgos y texturas. “Ni siquiera cuando comenzó a hablar el lenguaje universal del abstraccionismo se apartó de su esencia. De ese vaivén de las aguas margariteñas; de ese sol que le regalaba un color único a sus óleos y a sus esculturas”, dice Dubraska Falcón.

En 1931 regresa a Venezuela e instala su taller en Caracas, en el Barrio Obrero de Catia, donde prosigue con el trabajo emprendido en París: tallas directas de formas primitivas que buscan crear una figura ideal mestiza. Su amistad con Carlos Raúl Villanueva se tradujo en esa complicidad afortunada de unir la arquitectura con la plástica. Juntos trabajaron en varias obras de relieve, como las fachadas de los museos de Bellas Artes y de Ciencias Naturales, además de la fuente de Parque Carabobo (1934), y la de la plaza O’Leary, conocida como Las Toninas, ubicada en El Silencio (1943). También es uno de los artistas con más obras en la Ciudad Universitaria de Caracas donde el arquitecto materializó su proyecto de Síntesis de las Artes.

Narváez decoró el Pabellón de Venezuela en la Feria Mundial de Nueva York en 1939, con cinco piezas monumentales talladas en caoba, en la que se encontraban las obras Café y frutas y Perlas y cacao que actualmente se pueden apreciar en el Liceo Andrés Bello de Caracas y en el Liceo Fermín Toro, respectivamente.

“Narváez fue un artista integral. Un renovador que conoció como nadie el pasado y el presente de sus técnicas, para utilizar esa información en sus obras. Así logra implantar, sin salirse del mundo figurativo ni del abstraccionismo, el criollismo que siempre lo marcó. Trabajó, por ejemplo, la escultura en siluetas, le sacó riquezas al material partiendo del respeto de las tradiciones. Y lo que consiguió fue renovar la técnica en Venezuela y Latinoamérica”, afirma la curadora Susana Benko.

A fines de los años cuarenta acentúa la estilización geométrica de las figuras humanas y en 1953, luego de un viaje a Italia, durante el cual supervisa la fundición de su estatua ecuestre del general Urdaneta (Plaza La Candelaria, Caracas), se acerca a la abstracción a través de formas orgánicas que evocan el cuerpo humano. A principios de los sesenta, da una interpretación muy personal del informalismo, movimiento predominante en el país en aquel entonces, con una serie de Estucos bidimensionales con efectos matéricos, en los cuales se mantiene la figuración. En los setenta, trabaja los volúmenes ochavados, donde alternan superficies pulidas con otras rugosas y produce piezas abstractas cercanas al arte conceptual, donde el vacío es protagonista. En 1981 instala una pieza monumental para la refinería de Amuay y en 1982 otra para la estación La Hoyada del Metro de Caracas.

Narváez también fue un destacado pintor. Sus cuadros siempre estuvieron dominados por los colores vivos, la síntesis formal y un interés por los valores puramente plásticos más allá de sus temas predilectos: paisajes, flores, escenas cotidianas y retratos.

“Narváez era un pintor con alma de escultor. Supo lograr una correspondencia entre ambas técnicas de trabajo. Sobre todo en su etapa experimental demuestra cómo indaga en el relieve y el volumen en la pintura y en la escultura. Pero nunca estuvo ajeno a su tierra. En París, por ejemplo, buscó una piedra similar a la de Cumarebo para la pieza Cabeza de Pecado. Allí realizó una comprensión en talla y relieve que entre mezcla lo antiguo con lo moderno”, señala la Benko.

El maestro margariteño falleció en Caracas el 7 de julio de 1982.

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