Fernando Botero

Uccellino, 2012
Bronce, pátina negra
Edición de 6
40 x 25 x 41 cm

Donna Seduta Che Guarda Di Fianco, 2012
Bronce pátina negra
Edición de 6
38 x 28 x 37 cm

Hombre a caballo mirando de lado, 2010
Bronce, pátina negra
Edición P.A. 2
115 cm

Mujer a caballo mirando de lado, 2010
Bronce
Edición P.A. 2
118 x 80 x 53 cm

Mujer a caballo mirando de frente, 2011
Mármol blanco
59 x 28 x 40 cm

Maternidad sentada, 2010
Mármol  blanco
56 x 26 x 29 cm

Fernando Botero es quizás el artista contemporáneo que con mayor dosis de maestría, dominio técnico, solidez plástica y sentido del humor ha logrado recrear la realidad, las costumbres, los ritos y los mitos latinoamericanos. Su legado radica en la libertad y falta de complejos con los cuales investigó y asumió la tradición de los grandes maestros clásicos de la pintura occidental, construyendo un lenguaje a la vez regional y universal.

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Luis Fernando Botero Angulo nació en Medellín el 19 de abril de 1932. Desde pequeño descubrió su gusto por la tauromaquia. Incluso, gracias a un tío, entró a clases de toreo. Tras un incidente propio de esa actividad, decidió retirarse y seguir su verdadera vocación: la pintura.

Pero su intento de torear le sirvió como inspiración al joven Luis Fernando para crear, a sus 14 años, el primer Botero de la historia. La imagen de un torero que vendió a las puertas de La Macarena, esa plaza que lo ha visto por tantos años y que lo ha llenado de ovaciones como si él fuera el protagonista, aunque su puesto nunca volvió a ser dentro de la arena.

Dos años más tarde, en 1948, comenzó a realizar ilustraciones para el diario El Colombiano en su Medellín natal. En paralelo, se preparaba para su primera exhibición conjunta, que se conoció como Exposición de Pintores Antioqueños, donde se mostraron dos de sus oleos.

Dice María Luz Cárdenas que el aporte de Botero radica sobre todo en la riqueza y abundancia con las cuales maneja los símbolos del presente, lo cual le permite sobrepasar la costumbre o el rito, la situación o el personaje, construyendo no “cuadros”, sino “boteros”. Es pues, obvia, su significación para la construcción del discurso crítico del arte de América Latina.

Botero pasó su infancia en el barrio Boston, donde se destacó por su destreza con el balón de fútbol y el baile. En 1951 se trasladó a Bogotá donde conoce algunos de los intelectuales más importantes de la época. Fue en la capital colombiana donde realizó su primera individual en la galería de Leo Matiz. Con su óleo Frente al Mar logró el segundo puesto en el IX Salón Nacional de Artistas. Con el dinero ganado y la venta de sus primeras obras, el joven artista decide viajar a España, donde realizó estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y se familiarizó con las obras de grandes maestros como Goya, Velázquez y Picasso.

Su periplo europeo también lo llevó a Francia e Italia, donde estudió las técnicas de los maestros italianos junto al escritor e historiador estadounidense Bernard Berenson. Después visitaría México y Washington, para seguir afinando su visión de la pintura y el estilo particular por el que hoy es reconocido.

“Botero atrae por igual a Presidentes y a los ciudadanos. En diferentes ocasiones asistieron a las inauguraciones tanto Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi, como Hugo Chávez Frías”, afirma Cárdenas. “El primer domingo de sus exposiciones era siempre un evento multitudinario donde el público le aclamaba y perseguía por obtener su autógrafo en los afiches y catálogos que se agotaban apenas salían. En una ocasión Sofía Imber, directora-fundadora del Museo, se refirió a este acontecimiento como el “efecto Botero”, un suceso que se apoya tanto en su carisma personal, como en la extraordinaria capacidad que posee para comunicar por medio del dibujo, la pintura y la escultura, despertando una inaudita identificación y enorme afinidad en la gente”.

En 1955, Botero se casó con Gloria Zea Hernández, con quien tuvo tres hijos: Fernando, Lina y Juan Carlos. Su matrimonio con la gestora cultural duró cinco años, después de los cuales emigró a Nueva York. En la gran manzana se volvió a enamorar, esta vez de Cecilia Zambrano, con quien tuvo otro hijo, el cual murió en un accidente de tránsito con sólo cuatro años. Este suceso no sólo cambió su estilo sino que desembocó en su cuadro más querido: Pedrito Botero.

A esas alturas, el pintor y escultor comenzaba a consolidarse en el mundo del arte gracias a la venta de obras como el Obispo Dormido (serie sobre el Niño de Vallecas), la Apoteosis de Ramón Hoyos y la Monalisa de 12 años al Museo de Arte Moderno de Nueva York. En 1966 realizó su primera exposición europea en Alemania y desde entonces no ha parado de recorrer con sus obras los más importantes museos del mundo.

“El ‘efecto Botero­’ tiene mucho que ver con su generosidad y capacidad de retribuir afectos. Es un creador cuya modestia y humildad más bien se han fortalecido con la fama, en lugar de desaparecer, como ocurre habitualmente”, afirma Cárdenas.

Las obras de Botero se han mostrado en sitios emblemáticos como los Campos Elíseos de París, la Gran Avenida de Nueva York, el Paseo de Recoletos de Madrid, la Plaza del Comercio de Lisboa, la Plaza de la Señoría en Florencia y hasta en las Pirámides de Egipto.

Fernando Botero es uno de los pintores vivos más importantes del mundo, con exposición permanente en tres de los cinco continentes a los cuales ha podido llegar con una volumetría exagerada y desproporcionada, el uso magistral del color y los finos detalles de crítica mordaz, cargados de ironía y humor.

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